De verdad, ¿soy inteligente?
Por José E. García
Cuando yo era pequeño, vamos cuando iba al cole, comenzaron a
evaluarnos el nivel de Coeficiente Intelectual, el tan conocido C.I. Entre los
compañeros siempre existían pequeños comentarios como por ejemplo, quien era el
empollón, quien era el más tonto, etc. Creo que estos comentarios eran
únicamente para ver quien era el más ingenioso en hacer alguna gamberrada. En
fin, cosas de chiquillos. Sin embargo nos decían, que eso del C.I. también
afectaría a nuestro futuro porqué en función de él, tendríamos unas expectativas
u otras. Así, los que tenían un alto C.I. podrían llegar a ser astronautas.
La verdad es que mi coeficiente era normalito, es decir, según mi
profesor, para ser bombero.
¿Qué pensaría mi profesor si se le hubiera quemado la casa, y los
bomberos con ese C.I. normalito le hubieran salvado su preciosa casita? Bueno,
esto no viene a cuento en estos momentos. Pero algún día se lo preguntaré.
El caso es que todo se basaba en el maldito Coeficiente
Intelectual. Parecía como si llevaras una etiqueta detrás que dijera; "soy el
empollón", "soy el más burro de la clase", "soy ....".
Pero ahora me pregunto en multitud de ocasiones; ¿Cuánta I.E.
poseía que no evaluaron mis queridos profesores? ¡Hay perdón!, se me olvidaba
¿Cuánta Inteligencia Emocional poseía o al menos podían haber fomentado?
Pues la misma pregunta me hago ahora sobre los empleados de
múltiples empresas. ¿Pueden sus superiores inmediatos llegar a reconocer cuál es
el potencial de inteligencia emocional que tienen sus empleados.? ¿Saben los
propios directivos cuál es el potencial que pueden llegar a desarrollar?
Personalmente considero que la inteligencia emocional puede ser
tomada como un factor muy importante a la hora de determinar el éxito. Las
emociones descontroladas pueden convertir en estúpida a la gente más
inteligente. Del mismo modo, poseer y aprender a fomentar el control emocional
puede ayudarnos a desarrollar nuestra propia inteligencia, facilitándonos así el
camino hacia el triunfo profesional.
Al contrario que el C.I., la I.E. constituye un proceso de
aprendizaje mucho más lento, que prosigue durante toda la vida y nos permite ir
aprendiendo de nuestras experiencias.
Actualmente se subraya la importancia del C.I. pero, por sí solo,
difícilmente puede dar cuenta del éxito o del fracaso en la vida: "La
investigación ha demostrado que la correlación existente entre el C.I. y el
nivel de eficacia que muestran las personas en el desempeño de su profesión no
supera el 25%, aunque un análisis más detallado revela que esa correlación no
suele superar el 10% y a veces es incluso inferior al 4%.
Esto significa que, en el mejor de los casos, el C.I. deja sin
explicar el 75% del éxito laboral y, en el peor, el 96% o, dicho de otro modo,
que el C.I. no nos permite determinar de antemano quién triunfará y quién
fracasará" (Daniel Goleman, 1998).
Por ello deberíamos replantearnos cuando alguien nos dice que tal
persona es "inteligente", a qué tipo de inteligencia se está refiriendo, porque
no es el C.I. el que determina a los trabajadores con mayor potencial.
Las competencias emocionales implican cierto grado de dominio de
los sentimientos, y combinan el pensamiento y la emoción. Esto se logra
conociéndonos a nosotros mismos, y para eso debemos saber cuáles son nuestras
capacidades y limitaciones, asumir los fracasos y aceptar las críticas,
relacionarnos empáticamente con los demás, satisfacer sus necesidades, aceptar
las diferencias e integrarnos activamente en el grupo.
En un mercado laboral cada vez más duro y competitivo, no es
suficiente el tener una buena preparación académica, ni siquiera el tener una
amplia experiencia laboral. Si aprendiésemos a mantener bajo control las
emociones e impulsos conflictivos; a ser íntegros y responsables; a permanecer
abiertos a las ideas y enfoques nuevos, y adaptarnos rápidamente a los cambios,
tendríamos una mayor autorregulación que nos permitiría afrontar con más
serenidad las situaciones estresantes y ser más productivos.
Antes de pretender ser un trabajador ideal, tal vez debamos
intentar mejorar la propia persona y marcar la diferencia está al alcance de
nuestra mano, sólo es cuestión de autoentrenamiento.
Si conseguimos desarrollar nuestro potencial e incrementar nuestra
Inteligencia Emocional, nos convertiremos en personas más válidas y eficientes
tanto en el trabajo como en nuestra vida personal. Si sabemos autocontrolarnos,
también seremos capaces de controlar el ambiente que nos rodea consiguiendo así,
que las situaciones ansiógenas de la vida diaria puedan pasar más
desapercibidas.
Nota del Editor: C.I. en realidad significa Cuociente
Intelectual y no Coeficiente. La medida de la inteligencia es el cuociente entre
la edad mental y la edad física. Coeficiente es, en cambio, un valor fijo
invariable, una constante.